Cuento :'))
Fui a México el mes pasado cuando, encontrándome solo y dolido en la ciudad de Barcelona, mi desesperación en el ático de Sant Gervasi me llevó incluso al extremo de creer que oía voces y que se dedicaban a observarme con una ceja alzada y a recomendarme que, dado mi estado de locura cuanto antes mi soledad y tanto duelo y viajara.
Recordé entonces que me habían invitado a Guadalajara, en Jalisco y ya no lo pensé dos veces y, al día siguiente, escapaba de mi soledad y duelo. Viajé a México, rendí homenaje cuando ya todo hubo terminado regresé a Ciudad de México en un tren cargado de botellas de tequila y, dejando atrás el bullicio de Jalisco, reí y bebí como nunca lo había hecho, y canté rancheras y hasta disparé —me vendieron un pequeño revólver negro— al aire siempre sereno de la mañanita mexicana, y fui tan feliz durante el viaje que, al llegar a mi hotel en el Zócalo de la Ciudad de México, sentí que era muy doloroso tener que volver a España. Lo sentí así sobre todo la mañana en que desperté con fuerte resaca en mi cuarto del Hotel Majestic, golpeado por una voz misteriosa que me conminaba a escribir cuanto antes un relato que habría de llamarse «Es que soy de Veracruz».
Aquel mismo día partía mi avión hacia España, pero decidí prolongar la estancia cuando, casi por azar, alguien me habló, largo y tendido, de la ciudad de Xalapa, en el estado de Veracruz.
Fui a Xalapa como quien va a Comala. Emprendí en autocar la ruta histórica y algo extraña que une la capital de México con el puerto de Veracruz y que en el pasado sirvió de cordón umbilical entre México y España. Avia una mujer que escribía relatos venecianos entre las brumas de la vieja Europa y un aparente hermetismo creado con toda conciencia para configurar el clima de ambigüedad necesario a los sucesos narrados y así permitirle al lector la posibilidad de elegir la interpretación que le fuera más afín.
Pensé que nada extraño sería que de forma parecida se estructurara de repente «Es que soy de Veracruz», ese enigmático texto del que había empezado por conocer tan sólo el título, pero que poco a poco iba llamando cada vez más a mi puerta y casi ya parecía estar desplegándose silenciosamente y llegando hasta los últimos recovecos de mi imaginación, como si desde siempre hubiera estado destinado a escribirlo. casa nueva, a vida nueva, lejos ya de Ciudad de México, donde me sentía incómodo, instalado por fin en Xalapa, muy cerca de sus orígenes, cerca de su familia y del lugar en el que había nacido y que abandonó muy joven para recorrer el mundo.
—Yo sí que soy de Veracruz, que yo sepa, de Barcelona —me dijo sonriendo cuando le comenté el título que me rondaba desde que la voz anónima
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